Una noticia me hizo detenerme: Estados Unidos está reforzando la preparación de sus instalaciones militares para seguir operando incluso si se interrumpen servicios y suministros. Después apareció otra señal: Francia recomienda a las familias disponer de agua, alimentos y elementos básicos para afrontar las primeras 72 horas de una emergencia.
La pregunta sale casi sola: ¿qué están viendo estos países y qué deberíamos estar revisando nosotros?
Fui a contrastar las fuentes. La iniciativa estadounidense existe: FORTRESS America busca reducir dependencias que comprometerían la capacidad operativa de sus instalaciones. Es una estrategia de resiliencia ante interrupciones de energía, suministros y servicios; no demuestra que se haya decidido entrar en una nueva guerra. [1]
En Europa, la preparación de la ciudadanía tampoco es una instrucción exclusiva para un conflicto armado. Incluye desastres naturales, ciberataques, crisis sanitarias y otros escenarios capaces de afectar servicios esenciales. La estrategia europea de marzo de 2025 contempla precisamente una autosuficiencia mínima de 72 horas. [2]
Hay preparación documentada. Pero comprender su significado exige mirar más allá del titular.
Por qué debería importarnos desde América Latina
Cuando hablamos de tensiones entre potencias es fácil pensar que todo ocurre lejos, en Europa, Asia u Oriente Medio. Pero los combustibles, los repuestos, los equipos que usamos para producir, la financiación y una parte importante de nuestros servicios digitales cruzan esas distancias todos los días.
Un conflicto puede afectarnos aunque nuestro país no intervenga militarmente. Puede sentirse en un repuesto que no llega, en una materia prima más cara o en una empresa que suspende contrataciones porque sus ventas cayeron y los costos aumentaron.
Ahí aparece el riesgo país: las condiciones económicas, políticas, sociales y de seguridad que influyen en la capacidad de producir, invertir, financiarse y cumplir obligaciones. Importan los factores internos, pero también la manera en que un país recibe un golpe externo.
La pregunta no es solamente dónde podría estallar una crisis, sino cuánto dependemos de las rutas, proveedores y servicios que ella podría interrumpir.
Qué señales estamos viendo
La Comisión Europea presentó en marzo de 2025 una estrategia para preparar a la sociedad frente a distintas crisis: reservas básicas, protección de servicios, coordinación entre autoridades y empresas y capacidad de respuesta. [2]
En junio de 2025, los países de la OTAN identificaron a Rusia como una amenaza persistente y asumieron compromisos de inversión en defensa y seguridad con horizonte en 2035. Son decisiones estratégicas y presupuestarias, no una fecha anunciada para una guerra. [3]
Estados Unidos anunció en agosto de 2026 proveedores y ubicaciones iniciales para desarrollar microrreactores nucleares en instalaciones militares, dentro del programa Janus. El objetivo declarado es disponer de energía más resistente a posibles interrupciones. La primera operación prevista seguía siendo una meta futura, no una capacidad ya desplegada. [4]
Mi lectura es que todas estas decisiones miran una dependencia básica: qué ocurre cuando deja de funcionar aquello que normalmente damos por seguro.
Y en esa conversación hay un factor que merece atención especial: la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial está cambiando la velocidad del riesgo
Un agente de IA puede ejecutar una secuencia de tareas usando herramientas, siempre dentro de los accesos y límites que se le otorguen. Esa capacidad sirve para trabajar mejor, pero también puede acelerar tareas maliciosas.
El Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido advirtió que la IA puede hacer más eficientes etapas de la intrusión y aumentar la escala de las amenazas. Esta evolución puede reducir el tiempo que tienen los responsables de seguridad para detectar y corregir fallas. [5]
Pero conviene distinguir la capacidad técnica del alarmismo: no es correcto concluir que cualquiera puede paralizar fácilmente una central eléctrica con un agente barato. Los ataques de alto impacto siguen dependiendo de accesos, debilidades reales, experiencia y condiciones específicas.
La preocupación es distinta: una herramienta más accesible puede multiplicar la capacidad de actores que ya tienen la intención y los conocimientos para atacar.
Si el objetivo es infraestructura crítica —energía, hospitales, agua, telecomunicaciones o sistemas de pago— el impacto deja de ser solamente digital. Afecta personas, empresas y servicios de los que dependemos.
La misma tecnología puede ayudarnos a defender
La IA también puede apoyar la revisión de datos, la detección de anomalías y la respuesta a incidentes. Pero detectar algo inusual no es lo mismo que predecir un ataque: hace falta contexto, validación y un responsable con autoridad para actuar.
En mi experiencia, los sistemas de control fallan cuando producen alertas sin un proceso claro de análisis y decisión. Por eso antes de dar autonomía a un agente revisaría los datos que utiliza, los permisos que recibe, lo que puede modificar y la evidencia de sus resultados.
La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿estamos usando IA para anticipar riesgos o apenas para producir textos y automatizar tareas?
¿Entre quiénes podría escalar un conflicto?
Hay varios escenarios que merecen seguimiento, sin tratarlos como una guerra única o inevitable.
- Rusia, Ucrania y la OTAN: la ampliación de enfrentamientos y el riesgo de incidentes directos entre Rusia y países de la alianza.
- China, Taiwán y Estados Unidos: posibles consecuencias comerciales, financieras y tecnológicas de un deterioro de la tensión.
- Oriente Medio: vulnerabilidad de rutas de transporte y de suministros energéticos y agrícolas.
La evaluación estadounidense de amenazas de 2026 incluye riesgos de escalada y examina las capacidades chinas relacionadas con Taiwán. También indica que, en el momento de esa evaluación, no se consideraba fijada una invasión en 2027. Las evaluaciones de inteligencia son estimaciones sujetas a cambios, no garantías sobre el futuro. [6]
¿Qué tan probable es que nos afecte?
Necesitamos precisar el evento y el plazo. Un alza de precios, un bloqueo comercial y una guerra directa entre potencias son escenarios distintos. Las fuentes revisadas no permiten asignar un porcentaje sólido a una supuesta guerra mundial.
Sí encontramos mecanismos de impacto económico que merecen seguimiento. UNCTAD documentó en marzo de 2026 cómo las interrupciones en el estrecho de Ormuz transmitían riesgos a la energía, los fertilizantes y el comercio. Ese análisis corresponde a la fecha de su publicación y no describe por sí solo la situación operativa actual de la ruta. [7]
Por eso pondría la mayor atención empresarial en los efectos indirectos y en nuestra exposición digital, sin dejar de vigilar las señales militares. Para elevar una alerta buscaría cambios sostenidos: restricciones importantes al transporte, movilizaciones extraordinarias, evacuaciones oficiales o ruptura de canales de comunicación. También contrastaría las señales de diálogo y desescalada.
Una conclusión de riesgo debe poder cambiar cuando cambia la evidencia.
América Latina recibirá impactos distintos
No todos nuestros países tienen los mismos compradores, proveedores y recursos. Una alteración de la demanda estadounidense, del comercio asiático o del precio de los combustibles impactará de modo diferente a México, Centroamérica, el Caribe y América del Sur.
Para una organización latinoamericana conviene revisar cinco dependencias:
- Suministros: productos concentrados en pocos fabricantes y rutas.
- Energía: exposición a combustibles, electricidad y alternativas de respaldo.
- Finanzas: moneda, crédito, liquidez, cobros y variaciones de demanda.
- Tecnología: servicios digitales o proveedores cuya caída detendría una actividad esencial.
- Personas: posibles efectos en empleo, ingresos y acceso a servicios básicos.
Qué deberíamos hacer desde ahora
Empezaría en las empresas por identificar qué interrupciones detendrían primero la operación y cuánto tiempo podríamos sostenernos sin ellas.
Después comprobaría las alternativas. Dos proveedores pueden parecer distintos y depender de la misma fábrica. Una copia de seguridad tampoco demuestra que la información pueda recuperarse en el tiempo necesario.
Probaría escenarios concretos: retrasos de suministro, aumento de costos, caída de plataformas, interrupciones energéticas o dificultades de cobro. Cada ejercicio debería terminar con decisiones, responsables y fechas de verificación.
Con la IA revisaría qué datos utiliza, quién valida las alertas, qué permisos tiene y cómo medimos sus errores. Antes de ampliar su autonomía, exigiría evidencia de funcionamiento seguro.
En los Estados y operadores de servicios esenciales, reforzaría los mecanismos para detectar señales tempranas, compartir información relevante y sostener operaciones cuando fallen proveedores o sistemas críticos.
En las familias, la preparación puede comenzar por contactos, copias de documentos, elementos básicos, agua y la organización de los medicamentos prescritos. La referencia de 72 horas es un punto de partida que debe adaptarse al contexto y a las recomendaciones oficiales.
Que una potencia se prepare para escenarios extremos no significa que la guerra sea inevitable. Significa que considera esos escenarios lo suficientemente importantes como para invertir en preparación.
Desde mi mirada de auditor pediría evidencia: qué estamos vigilando, qué hemos probado y qué decisión tomaríamos si aparecen señales de deterioro.
Y cierro con una pregunta: en su organización, ¿la inteligencia artificial ya ayuda a anticipar riesgos y verificar controles, o todavía la usamos principalmente para hacer más rápido el trabajo de siempre?
Fuentes y referencias
Artículo publicado originalmente el 27 de octubre de 2026. Las referencias documentan decisiones y evaluaciones de sus respectivas fechas; no deben interpretarse como una alerta de guerra inminente.
- FORTRESS America, análisis de CSIS (octubre de 2026)
- Unión Europea: estrategia de preparación y autosuficiencia de 72 horas (marzo de 2025)
- OTAN: Declaración de la Cumbre de La Haya (junio de 2025)
- Ejército de EE. UU.: selección de proveedores para microrreactores Janus (agosto de 2026)
- NCSC Reino Unido: impacto de la IA en la amenaza cibernética hasta 2027 (mayo de 2025)
- Evaluación anual de amenazas de Estados Unidos (2026)
- UNCTAD: interrupciones del estrecho de Ormuz y riesgos económicos (marzo de 2026)
- Artículo original publicado en LinkedIn (27 de octubre de 2026)
